Sobre la exposición Itzuli Barik, comisariada por Leire San Martin, con las artistas Alazne Zubizarreta, Daniel Llaría y Natalia Suárez,
[Kulturate, Arrasate-Mondragón, 20 septiembre 201919 octubre 2019] .

¿Puede un movimiento, a fuerza de repetirse, y sin más amplitud que esa repetición un tanto deportiva, acabar siendo expresión no solo de sí mismo sino también de lo que le rodea? Quizás sea esta inquietud el aglutinante de esperanzas e intenciones con el que el programa HARRIAK, de eremuak, fijó en su día su horizonte, esto es, «crear un contexto sensible a las prácticas contemporáneas en pequeñas localidades».1http://www.eremuak.net/es/harriak-2019 Desde que comenzara en mayo de 2016 con una exposición que hacía del salto en paracaídas su imagen paradigmática,2La exposición, comisariada por antspacio, se titulaba HALO, esto es, el acrónimo en inglés de High Altitude Low Opening, quién sabe si proféticamente… Participaron los artistas Iranzu Antona, Zigor Barayazarra, Mikel del Río Morán, Santiago Fernández Mosteyrín, Amaia Molinet y Rafael Munarriz. Tuvo lugar en ARENATZarte, Güeñes, del 6 al 29 de mayo de 2016. y tras más de veinte intervenciones en distintos pueblos del País Vasco, lo cierto es que en Harriak sigue pesando la impresión de no haber sabido generar otras formas ni haber propiciado otros contextos que los del paracaidismo, una crítica cuanto menos incómoda porque o bien cuestiona su alcance real, desde la perspectiva de los modos de producción, o se pregunta inversamente si no será este uno de aquellos casos en los que el fin no justifica los medios, los apedrea.

Ya sea por las incorporaciones de este año (Aimar Arriola en la comisión y Leire Muñoz como coordinadora) o porque la experiencia es un grado y tiempo ha tenido eremuak para repensar sus actuaciones, la invitación como curadora de Harriak en Arrasate a Leire San Martin, —educadora y comisaria con una labor importante en el desarrollo de proyectos de mediación y prácticas artísticas—, parece producirse bajo el signo de esta preocupación: abandonar en la medida de lo posible  las aproximaciones en vertical a los contextos locales, eso de aterrizar de repente en una plaza, en un kulturetxea, en unos jardines, en una ermita y ya no solo esperar ser acogidos y recibidos como una necesidad caída del cielo sino conducirse además con el convencimiento de ser algo así como el colofón excitante de una suerte de plan Marshall para la sensibilización artística. Diría, y sería positivo que así fuera, que la comisión de eremuak quiere dejar atrás esas maneras. Ignoro si contempla alguna clase de estrategia o previsión, más allá de la ocasión puntual de este Harriak. 

El arte es un mar de muchas corrientes, con disimilitudes tan fundamentales entre sí que si no fuera porque las conjuntamos bajo una sola palabra buscarían sus amigos en otra parte. Esto nos obliga a considerar el alcance de las propuestas de acuerdo a sus circunstancias y a sus concretas peculiaridades. Me imagino que en la mente de muchas y en la base de todo folio de descargo se encuentra esa perspectiva material a la que llaman realista y que simplificaría con la expresión «se hace lo que se puede». Bien, ¡pero que se haga! Por lo pronto la propuesta de Leire San Martin presentó como novedad la realización de un laboratorio de encuentro y trabajo previo a la exposición, a puerta cerrada, con las tres artistas participantes, Alazne Zubizarreta, Daniel Llaría, y Natalia Suárez, además de la propia Leire San Martin y TTAK!, un grupo de jóvenes, chicas en su mayoría, militancia euskaltzale y feminista, vinculadas a Arrasate Euskaldun Dezagun, asociación dedicada al fomento del euskera, que mantienen una relación muy tangencial con el arte pero a las que las prácticas artísticas podrían interesarles como forma de repensar o mirar desde otro lugar sus propias prácticas de activismo. 

El laboratorio tuvo, según me contó la propia Leire, y se desprende de un pequeño texto que lo refiere en la web de eremuak, el impulso de romper la fuerte vocación unidireccional de este tipo de encuentros. ¿Monólogos, maestrías, conferencias, discursos de artistas?, en modo alguno. Balancearon las partes en equilibrio, sin usar para con todo el mismo rasero. No faltaron prácticas habituales en un taller dado por artistas, ejercicios y aproximaciones plásticas y performativas diversas, pero se conversaron ideas y pensamientos que entraban, salían y revertían sobre el hecho mismo de lo que hacían, sobre aquello que, teniendo en principio un carácter puntual, como era una exposición, posibilitaba a su vez un desarrollo pensante. Diría que este encuentro es lo más cerca que un Harriak ha estado de crear «contextos sensibles». Supone además una actitud de partida que me parece importante destacar: que tal vez solo busque encender una pequeña lámpara en una mesita de noche y no todas las luces de la Gran Vía.

Un encuentro goza de una fuerza pregnante, mistérica y política de la que el arte siempre se ha sabido acompañar, y debe continuar haciéndolo, trabajarlo como una práctica en sí misma (sin esperar de ello una nueva magia, por otro lado). El compromiso se siembra en un encuentro y no hay arte sin compromiso. Tampoco hay arte que se entretenga tan solo oteando horizontes. De tanto en tanto, debe mirarse los pies. ¿Se tomará alguien la molestia de pararse un instante a pensar qué pudo suponer ese laboratorio y si merece quizás la pena trasladarlo, con sus variantes, a otras experiencias del mismo tipo? 

En general, todo el programa expositivo de Itzuli Barik parece diseñado para alcanzar un diálogo inter pares, trabajar la excelencia entre iguales, una práctica de la mutua consideración,3Como una forma de devolución por su participación en el laboratorio y «extender la relación más allá de la exposición», Leire San Martin les ofreció a las TTAK! impartirles junto a Kattalin Miner un taller sobre acción feminista y prácticas artísticas, que tuvo lugar el 27 de octubre. Es a esto a lo que me refiero con práctica de la mutua consideración y diálogo inter pares. una suerte de alianza, que no es otra cosa ni supone ir más lejos que tratar a las partes en juego como adultas. Vivimos un mundo tan cobarde que ha sistematizado la infantilización como doctrina con tal de evitar cualquier conato de conflicto social. En arte, un atolón como otro cualquiera en este océano donde a diario nos bombardean de estupideces, las dos dimensiones especialmente afectadas por esta infantilización han sido, precisamente, las que, con más o menos sentido dramático, aparecen contrapuestas en todas las antologías críticas, ya no solo contrarias, sino enemigas y en lid, a saber, artista y público.

Dibujo realizado a partir de la descripción de un dibujo de Natalia Suárez.

Trata de eso, pues, Itzuli Barik, y diría que también todo el programa de Harriak, de lo habiente entre esas dos esferas tremendas, artista y público. Es el drama que no cesa, como aquella historia de amantes que se desaman y se vuelven a amar con otros nombres, bajo otras máscaras, e incluso con otros cuerpos, hasta que al cabo lo único que les une es lo que les separa. Y, con todo, aunque  contrapuestas y sentimentalmente enemigas, sin duda han perdido distinción, se han diluido sus contornos, esa es la paradoja, que acaban formando parte de un común fantasmático, donde cada cual siente al otro como fantasma, y hasta tal punto se solapan indiscernibles y ectoplasmáticas, que incluso los fines las confunden y cuando eremuak habla de crear contextos sensibles no sabemos a ciencia cierta a quién está dirigiendo sus propósitos, quién es la destinataria real de tales fines, si las artistas o el público o ambas, y han perdido distinción, entre otras cosas, porque el público de arte en el contexto local lo forman en su casi totalidad artistas y trabajadoras del arte. En los grandes eventos de la globalidad artística la indiscernibilidad es aún más engorrosa y antipática: somos todos turistas, y el arte hace mutis por el foro.

Dibujo realizado a partir de una obra de Daniel Llaría.

El público, las audiencias, la difusión de las prácticas artísticas, su recepción y acogimiento en la ciudadanía, su existencia simbólica en el entorno social en el que vivimos… Ese es el fondo de la cuestión. Y se escapa a las posibilidades de este texto, pero no porque no se encuentre en él, sino porque es hasta tal punto el fondo, que habría que desmantelar el texto al completo, dejando de lado lo concreto y lo específico, obviando y olvidando las razones que lo motivaron, para poder abordarlo en condiciones de compromiso crítico. En parte ya fue desvelado. Habremos quizás de conformarnos con esta suerte de estado inconcluso, de operación abierta, seguir atravesando los bancos de pececillos que nadan a semiprofundidad y que, como escribió Michael Frayn, son como el significado de las palabras, se escapan de nosotras. El fondo de la cuestión, que se halla al fondo de este texto, como un papel pintado de azul marino se halla al fondo de un teatro de niños, es una esfera de intensidades representada en un telón abierto a nuestros ojos como un mapa que va de la indiferencia a la ausencia, pasando por el escaso interés y la falsa presencia. Tiene dibujada en su centro una estrella, la minúscula versión de un lucero real, aunque los pájaros la creen auténtica y la gorjean suspirando el alba. Contra el grado inverosímil de esta credulidad van a estrellarse en silencio pequeñas pero muy valiosas complicidades: es el público que tenemos.

«Un grupo de jóvenes y un grupo de artistas. Conversaciones sobre arte, sobre música, sobre fiestas. Sobre la imposibilidad de traducir en palabras lo que la artista produce. Sobre las formas y sentido de acercar el arte contemporáneo a la gente. Versiones de canciones míticas tocadas con la guitarra y pizza para cenar» (párrafo del texto de sala de Leire San Martin).

No es que quiera contentar a quienes piensan que cada pregunta merece una respuesta, de hecho diría que la mayoría de las preguntas no requieren más respuesta que su mismo interrogante, pero en esta ocasión, aprovechando que se produce, a mi entender, lo que en astrología recibe el nombre de conjunción (en el mismo azimut de algo así como una preocupación coinciden programa general y exposición concreta), o lo que en lingüística vendría a llamarse una metonimia de discurso e intenciones, la parte (Itzuli Barik) por el todo (Harriak), se me hace claro lo siguiente, que tal vez no sea mala cosa establecer pequeños contactos con el lugar antes de que se lleve a cabo un Harriak, que tal vez no sea mala idea que estos contactos tuvieran la forma de alguna clase de encuentro en profundidad entre diversos agentes del arte y grupos activos del lugar, y que funcionaran en paralelo al desarrollo de las exposiciones y no solo como un evento virtual asociado a las mismas, lo cual, teniendo en cuenta que los lugares se repiten, tendría su lógica, porque unas alimentarían a las otras y se trabajaría en continuidad y no desde cero cada vez. Pienso entonces que, para cuando las exposiciones ocurriesen, los encuentros ya habrían gestado un estado de ánimo, en la forma de una comunidad incipiente, y ahí habría ya un principio de cultura sensible. Pienso que no se trata de presupuestos, que basta con priorizar la calidad del trabajo a la cantidad, es decir, abandonar el productivismo en favor de un ritmo cuidado que vele por los procesos y no los sacrifique por los resultados. Pienso también que la medida de todas las intenciones y de todos los volcados de deseos y de realidades en cuanto a los encuentros y a las exposiciones debería estar más cerca de la lámpara de la mesita de noche que de las farolas de la Gran Vía. Y pienso que la consideración fundamental para con todas las personas que participen, bien en las exposiciones o en los encuentros, bien en la gestión, en la recepción o en la difusión, debe ser la de una alianza inter pares

Políticamente, ahí hay terreno a sembrar para un espacio de mediación en el arte.